ASCENSO Y CAÍDA DE LOS EXTRATERRESTRES - por el Antropólogo Ignacio Cabria García

 



 

Ignacio Cabria es licenciado en Antropología Cultural, máster en Cooperación Internacional y Diploma de Estudios Avanzados en Antropología Social. Ha trabajado en distintos países para la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID)


 

 

 

La ufología en tránsito: de los marcianos a la hipótesis psicosociológica

Introducción


Según las encuestas de opinión realizadas en las últimas décadas tanto en España como en otros países occidentales, aproximadamente la mitad de los ciudadanos cree que los ovnis son reales, lo cual significa, para ellos, que son naves tripuladas por seres de otros planetas. Hasta tal punto la creencia en los ovnis se ha imbricado con el concepto de vida extraterrestre que ante cualquier intento de explicación convencional del fenómeno ovni siempre habrá quien alegue: “¿pero no va a haber entre la infinidad de planetas del universo alguno habitado por seres inteligentes?”.
Esta asociación ovnis-extraterrestres y la idea de que la Tierra está siendo explorada por una civilización exterior es, sin embargo, relativamente reciente. Cuando surgió el fenómeno periodístico de los “platillos volantes” en Estados Unidos, en el verano de 1947, las primeras explicaciones que se manejaron tenían que ver con la situación de guerra fría que se vivía entre norteamericanos y soviéticos, y, por tanto, se supuso que aquellos extraños discos voladores eran armas secretas de una de las dos grandes potencias. Pero en 1950 el panorama cambió, y entre los aficionados acabó triunfando la hipótesis del “origen interplanetario”. Aquel mito naciente sobre visitantes del cosmos evolucionaría al mismo paso que la cultura y la ciencia contemporáneas, de manera que las teorías de vanguardia pasaron del origen marciano, en los años cincuenta, a una hipótesis extraterrestre (HET) más general durante los sesenta, y de ahí a la hipótesis psicosociológica (HPS) y a una visión escéptica del tema a partir de los años setenta.
Este artículo está dedicado a estudiar la evolución de las representaciones mentales que se han construido sobre los ovnis, tanto por parte de los proponentes del misterio, los ufólogos, como de la opinión pública. De esta forma, me gustaría dejar claro que fueron los estudiosos del tema y los periodistas quienes elaboraron los significados de los platillos volantes que hoy nos resultan tan familiares, y que lo hicieron de acuerdo con el “espíritu de los tiempos” y con la cultura popular, más que basándose en pruebas científicas y objetivas. Sus tesis, amplificadas y diseminadas por los medios de comunicación, y contando con la cobertura mundial que habían alcanzado las grandes agencias de noticias, moldearon la opinión pública a favor de la creencia en visitantes del cosmos. Resulta paradójico que algunos de aquellos investigadores que lucharon por imponer la creencia en los extraterrestres hayan sido con posterioridad los encargados de desmitificar el fenómeno explicándolo desde el punto de vista psicológico, de los fenómenos naturales o de la sociología, y poniendo en evidencia al fenómeno ovni como uno de los mitos de nuestra época tecnológica.


2
Vamos a ver esas fases de construcción y deconstrucción del mito a través del trabajo de los especialistas sobre la opinión pública.
Las primeras hipótesis: entre las armas secretas y los marcianos
Cuando se empezó a hablar en Estados Unidos de flying saucers (platos voladores) en junio de 1947, la primera sospecha que acudió a la mente de los periodistas fue la de un arma secreta norteamericana o soviética. No olvidemos que todo esto sucedía en los inicios de la guerra fría, en pleno desarrollo de las bombas nucleares y de un avance espectacular de la aeronáutica, y entre rumores sobre armas secretas. La primera encuesta de opinión sobre los “platillos volantes” (como se los llamó en España), publicada por George Gallup el 14 de agosto de 1947 -sólo 50 días después del caso Arnold, que inauguró el fenómeno, y recién pasada la psicosis de platillos que recorrió Estados Unidos a primeros de julio-, indicó que, aunque nueve de cada diez norteamericanos habían oído hablar ya del término flying saucers, la mayoría de la gente no sabía lo que eran. Sólo un 29% de los consultados se definían en su opinión por “ilusiones ópticas o producto de la imaginación”, seguido de un 15% por las “armas secretas”, mientras que un 10% creía que los testimonios eran simples fraudes. A pesar de que algunas mentes calenturientas habían elucubrado en la prensa con visitantes de otros mundos (ya el 8 de julio el director de la revista San Diego había propuesto que los platillos eran naves interplanetarias procedentes de Marte), esta idea no se contemplaba siquiera en la encuesta Gallup.
La importancia de algunos periodistas en la difusión de la información sobre el fenómeno y en la creación de un estado de opinión es innegable. En este sentido, el editor de revistas de ciencia-ficción Raymond Palmer tuvo un lugar puntero. En la primavera de 1948, en su recién creada revista Fate, especializada en lo oculto, publicó una crónica de Kenneth Arnold sobre el caso del que éste fue protagonista el 24 de junio de 1947, y por primera vez se expresaba en una revista la hipótesis de que fueran visitantes del espacio exterior. Con ello, Arnold demostraba ser, además del primer testigo del fenómeno y uno de sus investigadores avanzados, también uno de los primeros promotores de la hipótesis extraterrestre.
No fueron sólo los periodistas y los medios de comunicación los que fantasearon con los habitantes de otros planetas. También los militares norteamericanos que participaron en el Proyecto Sign de las Fuerzas Aéreas norteamericanas, dedicado a investigar en los primeros momentos el misterio de los platillos volantes, se plantearon muy seriamente la posibilidad de que procedieran del espacio exterior. Naturalmente, esta aventurada hipótesis fue rechazada por la superioridad y nunca se volvió a especular en ese sentido en el seno de las fuerzas armadas.
Desde 1947 a 1949 las opiniones sobre los platillos volantes habían quedado reservadas a breves artículos de prensa, a revistas especializadas o a los archivos secretos militares, hasta que la popular revista True encargó a Donald Keyhoe, un mayor retirado de las Fuerzas Aéreas que hacía trabajos periodísticos, que escribiera sobre los platillos volantes. Cuando el artículo The Flying Saucers Are Real se publicó en la Navidad de 1949 sus efectos sobrepasaron las fronteras de Estados Unidos. Allí se exponía la teoría de que los platillos volantes eran astronaves tripuladas procedentes de Marte y que aquella vieja civilización nos visitaba desde hacía siglos con ánimo de explorar la Tierra. Keyhoe no había forzado mucho su imaginación, porque Marte había sido el centro de la doctrina de la “pluralidad de los mundos habitados” en el siglo XIX1, y desde el supuesto descubrimiento


1 Véase Los extraterrestres y sus mundos..., Campo, Ricardo, en este mismo volumen.


3
de los “canales” de Marte por Schiaparelli el planeta rojo se había convertido en un mito de los entusiastas de la ciencia ficción y de los soñadores de la exploración del espacio. Baste recordar el impacto que produjo en 1938 la representación radiofónica de La guerra de los mundos por Orson Welles, que quedó convertida en una leyenda de los medios de comunicación por haber causado el pánico en Nueva York, al creer los oyentes que la Tierra estaba siendo realmente invadida por los marcianos.
Estos precedentes fueron la base del éxito inmediato que tuvo la hipótesis de Keyhoe. Aquel artículo de True, ampliado, se convirtió en el primer libro dedicado a los platillos volantes2, con el cual Keyhoe se hizo una celebridad en este tema. A él se sumó el militar y científico Robert McLaughlin al publicar en febrero de 1950, también en la revista True, el relato de su observación de un objeto que surcó el cielo a una extraordinaria velocidad, y que él pudo seguir por medio de un teodolito. Lo más sensacional de su reportaje, y lo que lo convirtió en noticia de portada en medio mundo, fue la conclusión de McLaughlin de que aquel objeto debía ser una nave tripulada por seres de una inteligencia superior procedentes de Marte. Y en el mismo mes de febrero se extendió el rumor de que un gran vehículo se había estrellado en Nuevo México y 15 “exploradores del espacio” habían sido capturados. Aquella historia serviría de argumento para el segundo libro dedicado a los discos voladores: Behind the Flying Saucers3. Su autor, Frank Scully, introdujo así una forma de pensamiento conspirativo y secretista que haría furor en la ufología posterior4. La influencia de este autor ha sido reconocida con el homenaje de poner su apellido a un personaje de la serie de televisión Expediente X.
Aquel año 1950 vio, además de la publicación de los primeros artículos y libros en los que se defendía abiertamente la tesis de la exploración marciana, la primera oleada de visiones de platillos volantes a escala global. Desde Argentina hasta la India, pasando por todos los países de Europa, conocieron una pasión popular por los platillos volantes, que se veían en los cielos casi de una manera simultánea, entre marzo y mayo. Coincidía este fenómeno además con el momento de máxima aproximación de Marte a la Tierra, lo que se llama una oposición, que para algunos hacía creíble que una supuesta civilización marciana hubiera lanzado sus naves desde allí para la exploración de nuestro mundo.
Sin embargo, la hipótesis de un “origen interplanetario”, como se decía en los medios, no parece que estuviera tan consolidada en la opinión pública como los artículos sensacionalistas de la prensa apuntaban, ya que en la segunda encuesta sociológica llevada a cabo por Gallup, publicada en mayo de 1950 -por tanto después de la invasión de platillos de aquella primavera prodigiosa-, entre las diferentes respuestas a elegir la idea de los visitantes de Marte se encontraba sólo incluida en el apartado “cometas, estrellas fugaces, algo de otro planeta”, que fue preferido por un raquítico 5% de los encuestados. El mayor porcentaje fue el de los que no se definían por ninguna respuesta, mientras que un 23% pensaba que los platillos volantes eran experimentos de nuevas armas. El 16% optó por las ilusiones o el fraude, y un 6% por alguna clase de avión nuevo.
Sin embargo, la presencia de los platillos volantes en los cielos y en los medios convenció a unos pocos inquietos por los misterios del espacio para comenzar a recopilar recortes de prensa y elaborar las primeras teorías y publicaciones. Aquellos pioneros fueron, además de Keyhoe, Gimmy Guieu, Michel Carrouges, Harold Wilkins, Gerald Heard, Morris Jessup y otros. En España, los primeros estudiosos de este tema, Eduardo Buelta, Manuel Pedrajo, Oscar Rey Brea y Marius Lleget, coincidieron punto por punto en


2 Flying Saucers Are Real. Fawcett, Nueva York, 1950.
3 Henry Holt, Nueva York, 1950.
4 Véase “Conspiraciones y encubrimientos: el mito autoprotector”, Campo, Ricardo, en este mismo volumen.


4
la hipótesis marciana, y algunos de ellos defendieron, al mismo tiempo que unos pocos especialistas de otros países, que las apariciones de los platillos volantes se producían en conjunción con el “ciclo bianual” de las oposiciones de Marte.
Al lado de esta aparente conexión marciana, el fenómeno pareció presentar además la evidencia de un comportamiento dirigido inteligentemente. El investigador Aimé Michel5 dio a conocer que había encontrado un patrón de distribución geográfica de los avistamientos de discos voladores durante la oleada francesa de 1954. Situando las observaciones de cada día sobre el mapa de Francia, Michel halló varias alineaciones de tres, cuatro y hasta cinco casos, líneas que denominó ortotenias. Este hallazgo parecía refrendar la teoría de que seres inteligentes de otro planeta estaban efectuando vuelos de reconocimiento sobre la Tierra.
Sobre estas bases se fundó la teoría de la procedencia interplanetaria de los platillos volantes, que parecía venir soportada además sobre un número creciente de observaciones y una progresiva complejidad y acercamiento del fenómeno. De las observaciones lejanas en los cielos se pasó a informes sobre aterrizaje de naves, de las que a veces descendían unos tripulantes que podían llegar a dejar huellas visibles de su presencia. Esto hacía cada vez más plausible la suposición de que nuestros visitantes exploraban nuestro planeta y tomaban muestras del terreno.
Para dar carta de naturaleza mitológica al nuevo fenómeno hacía falta buscarle precedentes históricos. Desde los primeros casos de platillos volantes, algunos habían sospechado que seres superiores nos visitaban desde tiempos remotos y dejaron testimonio de su presencia en los textos sagrados -como la Biblia- y huella de su tecnología en los grandes monumentos de la antigüedad. De esta manera, la repentina aparición del fenómeno en 1947 podía interpretarse como el “retorno de los dioses”, que habían decidido volver ante la alarma por la utilización en la Tierra de la bomba atómica. Éste fue el eje de las creencias de aquellos que, inspirados por doctrinas ocultistas como la teosofía, proyectaron sobre los visitantes del cosmos sus esperanzas mesiánicas de salvación. A aquellos pioneros del contacto extraterrestre se les llamó en inglés contactees: Georges Adamski, George van Tassel, Howard Menger, etc. En España tuvimos en 1954 nuestro caso de contacto espacial cuando la prensa publicó que un enfermero llamado Alberto San Martín había recibido una piedra grabada de manos de un ser de otro mundo en plena Ciudad Universitaria de Madrid. Y muy poco después conocimos el misticismo contactista con Fernando Sesma, creador del Club de Amigos de los Visitantes del Espacio, que dio inicio en el Café Lyon de Madrid a una saga de contactos muy original que culminaría con el célebre caso UMMO 6.
Los años cincuenta habían sido la década de Marte, hasta el punto de que no sólo los fanáticos de los platillos volantes, sino incluso los astrónomos, aceptaban la posibilidad de que sobre aquel planeta se hubiera podido levantar una civilización. A pesar de que, desde hacía muchos años, los astrónomos sabían que los supuestos canales de Marte descubiertos por Schiaparelli no eran más que irregularidades geológicas o cambios de coloración de la superficie provocados por tormentas de arena, se desconocía casi todo de la superficie del planeta rojo, lo que dejaba campo libre a la especulación. En los años sesenta, sin embargo, las fantasías sobre Marte se vinieron abajo cuando las sondas espaciales Mariner fotografiaron una superficie desértica y helada. El desarrollo de la astronáutica y el sueño de la exploración espacial llevarían entonces las hipótesis sobre el origen de los platillos

5Aimé Michel. Mysteriéux objects volantes. Arthaud, 1958. Edición española: Los misteriosos platillos
volantes. Pomaire, Barcelona, 1963.
6 Ver Cabria, 1993, en Bibliografía.

volantes a fronteras cada vez más lejanas, al hacerse posible imaginar largos viajes espaciales en grandes naves-arcas, como había aventurado la ciencia-ficción. Ya no se hablará más de marcianos, sino de “extraterrestres”, para significar que el origen de las civilizaciones que nos visitan puede alcanzar a otros sistemas solares y, por qué no, a otras galaxias.
El primer libro importante publicado en España sobre el fenómeno ovni bajo estos nuevos supuestos fue El gran enigma de los platillos volantes7, de Antonio Ribera, en el que se trazaba ya la hipótesis extraterrestre de nuevo cuño, en un planteamiento abierto a múltiples orígenes, aunque en cualquier caso desde la óptica de que estamos siendo vigilados por una civilización más avanzada y sabia. Ribera se convertía con esta obra en el especialista español más reconocido internacionalmente en este tema.
La ufología organizada y la científica
Para cuando se publicó en Estados Unidos la tercera encuesta Gallup sobre los platillos volantes, en 1966, esta materia era ya lo suficientemente conocida a través de los libros y la prensa como para que a la pregunta “¿en su opinión, son algo real o sólo imaginación de la gente?” respondiera un 46% que eran algo real y un 26% que eran imaginarios, aunque quedando en la ambigüedad qué representaba exactamente ser “real”. A la pregunta “¿cree que hay gente parecida a nosotros viviendo en otros planetas del universo?”, respondía afirmativamente un 34%. Como vemos, los visitantes del espacio se habían convertido en un elemento bien asentado en el imaginario popular. En las siguientes encuestas, y hasta hoy mismo, el porcentaje de creyentes en la realidad del fenómeno ovni como visitas de otros mundos ha alcanzado proporciones cercanas al 50%, sin grandes variaciones.
Esa época de la que estamos hablando, mediados de los años sesenta, fue un momento clave en el asentamiento del tema de los platillos volantes en nuestra cultura. Coincidiendo con un brote de observaciones de objetos volantes no identificados (OVNI), como se les empezaría a llamar según el término más riguroso inventado por las Fuerzas Aéreas norteamericanas, y en medio de una creciente difusión sobre la vida extraterrestre en los medios de comunicación, aparece sincrónicamente en todos los países de la órbita occidental una joven generación de entusiastas del fenómeno con un interés por la investigación rigurosa, que incluía entrevista al testigo y toma de datos en el lugar del avistamiento, recopilación de catálogos de casuística, estudios estadísticos, etc. Los nuevos investigadores, que empezarían a llamarse “ufólogos” (del inglés UFO, unidentified flying object) al entrar la década de los setenta, querían demarcar su campo como una disciplina científica, aunque partieran incuestionablemente de la “hipótesis extraterrestre” (HET).
Dos individuos se convirtieron en prototipos del ufólogo al moderno estilo científico que los tiempos requerían: Jacques Vallée y Joseph Allen Hynek. Ambos fueron homenajeados por Steven Spielberg en la película Encuentros en la tercera fase como pares complementarios: el primero, representado por el actor François Truffaut, es un joven y dinámico investigador francés lleno de imaginación y audacia; el otro, el mismísimo Hynek representándose a sí mismo en una aparición puntual, aparece como el estereotipo del viejo profesor con pipa, observando complacido el gran momento del contacto.
Cuando en 1965 publicó Anatomy of a Phenomenon8, Jacques Vallée era un joven astrónomo francés recién doctorado en Estados Unidos. El libro se presentaba como una


7 Pomaire, Barcelona, 1966.
8 Henry Regnery, Chicago, 1965, y Neville Speaman, Londres, 1966.

“evaluación científica” de los UFOs, aunque no fuera más que una introducción histórica y casuística al tema desde el punto de vista de un creyente en los extraterrestres. Al menos suponía, eso sí, un intento sistematizador que se separaba del recurso a la fantasía de algunos autores precedentes. Vallée planteaba la necesidad de depurar los catálogos de casos OVNI de aquellos que “impliquen objetos similares en comportamiento a objetos convencionales” (p. 113), es decir, que pudieran ser explicados, y proponía una clasificación del fenómeno en cinco tipos, clasificación que gozó por entonces de cierto predicamento, aunque no ha resistido el paso del tiempo por los prejuicios que contenía. Pero tal vez la aportación más importante de Vallée a una ufología científica en formación fue el supuesto hallazgo de leyes de comportamiento del fenómeno. Basándose en un estudio de las observaciones que llamó del Tipo I (aterrizajes), Vallée propuso que: 1) la distribución geográfica de los aterrizajes era inversamente proporcional a la densidad de población; 2) los objetos presentan una simetría de revolución y un diámetro de unos cinco metros; y 3) en la distribución temporal del fenómeno se encuentra una ley horaria consistente en un máximo de casos entre las 20 y las 24 horas.
La experiencia de Joseph Allen Hynek era diferente. No era ningún recién llegado, sino que había servido como consultor de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos en el tema de los ovnis, encargado de proporcionar explicaciones lógicas a todos los casos que pasaban por sus manos. Con el tiempo, no obstante, se convencería de que allí había un enigma sin resolver, y con el libro The UFO Experience10 cruzó el Rubicón del escepticismo a la creencia para convertirse en uno de los abanderados de la realidad de los ovnis, lo que le elevó a los altares de la ufología como símbolo de la “conversión” de un científico a través del conocimiento de las evidencias del fenómeno, mientras que le hundió en el descrédito desde el punto de vista de los escépticos. Como correspondía a aquel momento –años sesenta- estructurador de una ufología científica en ciernes, Hynek presentó en aquel libro una clasificación del fenómeno ovni en tres categorías que hizo fortuna en la disciplina: luces nocturnas, discos diurnos y encuentros cercanos (EC). Esta última se subdivide a su vez en otras tres según la complejidad del caso. Así, el tipo ECIII, o encuentros cercanos del tercer tipo (con visión de ocupantes), facilitó a Spielberg el título de su famosa película (por una mala traducción en España, los legos en la materia siguen hablando de “encuentros en la tercera fase”). La “clasificación de Hynek” fue aceptada por los ufólogos, incluso los considerados científicos, con el mismo espíritu crítico con que se habían tragado la clasificación de Vallée, aunque ambas no sirvieran más que para establecer toda una serie de estereotipos artificialmente creados.
A mediados de los setenta todo parecía bien asentado para que, desde el punto de vista de la ufología, la ciencia acabara aceptando la realidad del fenómeno ovni gracias a esta clase de investigación optimista que definía tipologías de observaciones y encontraba leyes de un comportamiento inteligente del “agente” que se ocultaba tras los ovnis. ¡Incluso se había llegado a diseñar, por parte de un ufólogo brasileño, Jader U. Pereira, una tipología de humanoides tripulantes de los ovnis a la que sólo faltarían nombres en latín para integrarse en el Sistema Naturae de Linneo!11 Era como si se asistiera a la creación de una taxonomía de los seres del universo y sus naves; así de sencillo parecía estructurar aquel fenómeno.


9 “Algunas constantes en los aterrizajes de ONIS”. En Los humanoides, Pomaire, Barcelona, 1967. Edición a cargo de Antonio Ribera del número especial de Flying Saucer Review de octubre-noviembre de 1966 titulado The Humanoids.
10 Ballantine Books, Nueva York, 1972.
11 Véase “"Ellos": taxonomía y filogenia de los visitantes”, González, Luis R., en este mismo volumen.


7
No tardarían en levantarse, sin embargo, voces discordantes. Por un lado surgirían desde la propia ufología propuestas alternativas a la tosquedad de la HET y sus exploradores que recogían muestras de terreno, en forma de tesis sofisticadas de tipo simbólico y “paraufológico”. Desde el exterior vendrían las críticas de los escépticos, que harían replantear totalmente lo que hasta los años sesenta se había considerado evidencias, leyes y tipologías del fenómeno. Se marca así una segunda fase de nuestra historia, la década en que algunos ufólogos aventureros decidieron preguntarse: “¿y si los ovnis no son lo que parecen?”, mientras que otros se cuestionaban “¿y si los ovnis, simplemente, no existieran?”.
Pero no pasaremos de largo sin citar que en España aquella ufología organizada y con intenciones científicas de la que hemos hablado se expresó a partir de 1971 en la revista Stendek, del Centro de Estudios Interplanetarios (CEI) de Barcelona, y fue obra de unos pocos estudiosos del tema12. Citaré sólo dos sectores que marcaron corrientes divergentes: por una parte, el aspecto de la búsqueda de constantes científicas del fenómeno fue emprendido por Vicente Juan Ballester Olmos y sus colaboradores, en un programa de investigación que se concretó en el primer libro de este autor, OVNIS, el fenómeno aterrizaje13, y que en sus trabajos sucesivos le fue alejando progresivamente de la HET hasta defender una metodología crítica basada en la identificación de los ovnis según los fenómenos naturales conocidos. Con otro alcance, el proyecto de investigación estadístico-matemática que iniciaron en 1970 Félix Ares y David G. López14 sobre las variables que presentaba la oleada ovni de 1968-69 les llevó a buscar factores sociológicos en el comportamiento del fenómeno, lo que una década después les situaba en un escepticismo militante contra la creencia en extraterrestres y contra la ufología como pseudociencia.
Visiones mágico-simbólicas sobre los ovnis
La concepción monolítica de un fenómeno ovni consistente en unas naves interplanetarias que nos vigilan comenzó a entrar en crisis en el mundo ufológico a finales de la década de los sesenta y primeros setenta. Unos pocos jóvenes investigadores contestatarios empezaron a dar importancia a factores simbólicos, a ensanchar los márgenes de la ufología hacia lo paranormal, a buscar lo que de mitológico tenían los extraterrestres, para mostrar que había realidades más complejas que la mera apariencia de los ovnis como naves tripuladas por seres del espacio exterior. Con ello, la ufología emprendió varios caminos divergentes: además de la ufología tradicional pro-ET y de una ufología protocientífica que avanzaría en un sentido crítico, se iba a iniciar una tendencia simbolista, cercana a una visión ocultista, bajo etiquetas como “nueva ufología”, “paraufología” y otras, mientras que en paralelo se iría gestando una escuela psicosociológica y escéptica. Estos distintos niveles no han sido rígidos ni han ido siempre en paralelo, pues en algunos investigadores se ha dado una evolución a través de etapas sucesivas, generalmente de la ufología clásica a la “nueva ufología” y a la hipótesis psicosociológica (HPS), en este orden.
Para entender aquellos replanteamientos de los sesenta-setenta hay que remontarse al personaje inspirador de la ufología moderna: el psicólogo suizo Carl Gustav Jung. En una obra tardía y poco conocida titulada Un mito moderno sobre cosas que se ven en el cielo15


12 Véase “Españoles a la caza de marcianos”, Gámez, Luis Alfonso, en este mismo volumen.
13 Plaza y Janés, Barcelona, 1978.
14 Estudio de la oleada 1968-1969. Parte 1: ERIDANI, Madrid, 1970. Parte 2: edición de los autores, Madrid, 1971.
15 El libro fue publicado en Argentina por la Editorial Sur en 1961 con el título Sobre cosas que se ven en el cielo, y a esta edición me remito en el comentario.


8
(1961), Jung vio en el fenómeno de los platillos volantes el desarrollo de un mito que estaba afectando a la psique colectiva, el signo del fin de una era y el comienzo de otra, que se producía en forma de cambios en los arquetipos y en la forma que adquieren los “dioses”. Desde su punto de vista, el fenómeno parecía tener un fundamento físico junto con un componente psíquico (idea que también haría fortuna en la ufología). Los ovnis eran para él rumores visionarios, es decir, rumores asociados a una tensión afectiva que tendría su causa en una situación de apremio colectivo por las consecuencias imprevisibles de la política rusa y por la presión poblacional. Las consecuencias eran que “en el individuo se producen fenómenos tales como convicciones anómalas, visiones, ilusiones, etc., únicamente cuando se halla psíquicamente disociado, es decir, cuando se produce una disociación entre los criterios y enfoques de la conciencia y los opuestos contenidos del inconsciente” (p. 27). Esos contenidos que no se integran conscientemente se expresarían en visiones. El inconsciente hace perceptibles sus contenidos mediante su proyección hacia el cielo. Es de esta manera que se constituye un mito vivo. Escribe Jung: “Tenemos aquí la oportunidad de ver cómo nace una leyenda y cómo se forma una fábula maravillosa sobre la invasión, o por lo menos la aproximación, de potencias “celestes” extraterrenales, en una época oscura y difícil de la historia humana” (p. 32). Las formas de los platillos volantes eran semejantes a las que el inconsciente engendra en sueños y visiones. Según Jung, las formas circulares presentan una analogía con el símbolo de la totalidad y del orden cósmico del budismo, el mandala. Las visiones se habrían apoderado de este arquetipo, aunque asumiendo una forma técnica para eludir el carácter chocante de una personificación mitológica. Así lo expresa Jung: “Los ovnis son vehículos de una representación espontánea involuntaria, arquetípica –y, por decirlo así, mitológica- de un contenido inconsciente, de un “rotundum”, que expresa la totalidad del individuo” (p. 38). Y añade: “La impopular idea de una intervención metafísica se hace significativamente más aceptable por la posibilidad de los viajes a través del espacio cósmico” (p. 41).
La ufología ocultista de Vallée y Keel en busca de la gran manipulación cósmica
Con esta base era fácil elaborar versiones más o menos originales de una “nueva ufología”, que quedó formulada básicamente en dos libros que marcaron una revolución interna en este campo: Pasaporte a Magonia y Operación Caballo de Troya, en traducción española. El primero, de Jacques Vallée, era la ruptura del autor con su pasado, iniciando así una aventura lejos de la ciencia que le ha llevado a extremos de un ocultismo conspiracionista. El segundo era de un autor que se convertía así en icono de una nueva generación: John Keel. Ellos fueron los primeros que, desde dentro de la disciplina, pusieron en cuestión la naturaleza del ovni como nave “de tuercas y tornillos” para proponer soluciones alternativas que iban desde planteamientos ocultistas a implicaciones sociológicas o a la especulación sobre el lado mítico que el fenómeno representaba.
Pasaporte a Magonia16 planteaba una reacción contra el método que el mismo Vallée había predicado hasta entonces. El tema central del libro es la continuidad a lo largo de la historia de un fenómeno que adquiere formas diversas según los contextos culturales. Vallée llegaba a la conclusión de que las visiones de la Virgen, las leyendas de las hadas, los mitos y los OVNIs son manifestaciones de un mismo fenómeno que adquiere distintas formas en función del medio cultural sobre el que se proyectan. Vallée nos advierte de que quizás las apariciones de OVNIs y otros fenómenos no sean más que una mentira. “Quien controla la imaginación humana podrá conformar el destino colectivo de la Humanidad, a


16 Regnery, Chicago, 1969. Edición española: Pasaporte a Magonia. Plaza y Janés, Barcelona, 1972.


9
condición de que el origen de este control no pueda ser identificado por el público” (1972, p. 221). Aquí da entrada por primera vez a una obsesión de todos sus trabajos a partir de ahí: el sistema de control, afirmando: “Además de la cuestión de la naturaleza física de estos objetos deberíamos estudiar el problema, más profundo, de su impacto en nuestra imaginación y nuestra cultura”. Y añade: “Es posible hacer creer a grandes sectores de la población en la existencia de razas sobrenaturales, en la posibilidad de máquinas voladoras, en la pluralidad de los mundos habitados, exponiéndolos a unas cuantas escenas cuidadosamente preparadas, cuyos detalles se adaptan a la cultura y a las supersticiones de una época y un lugar determinados” (p. 222). Con ello introduce una de las ideas que mayor éxito tuvo en la ufología posterior: “el aspecto mimético” de los OVNIs, que se adaptarían de esa manera a la cultura de cada momento histórico imitando su tecnología para pasar desapercibidos.
La deriva de Vallée hacia teorías conspirativas y hacia cierto irracionalismo se hizo más evidente en sus siguientes libros, lo que no impidió que fascinara con su prosa sugerente, llena de misterios, a una ufología que siguió su palabra como un evangelio, pues sacaba a la “disciplina” del atolladero en el que sus limitaciones científicas la habían metido. Pero esa visión conspirativa ha marcado a un amplio sector de la ufología durante las últimas tres décadas con una herencia paranoide que quizá no haya sido aún objetivamente sopesada por los ufólogos.
El segundo de los autores emblemáticos de la generación que se iba a reconocer como “nueva ufología”, y con la misma influencia para bien y para mal, es John Keel, autor de otro de esos libros de culto: Operation Trojan Horse17, un viaje a la fantasía sin ataduras lógicas. Pero la ufología más contestataria no necesitaba coherencia científica para encontrar en él un revulsivo. Fenómenos “forteanos”, extraterrestres en la Biblia, rumores sobre hechos extraños, fenómenos paranormales y cualquier otra cosa se agrupaban bajo las mismas connotaciones mágicas que querían romper con la idea del platillo volante, que dejaba así de tener sustancia física para convertirse en una energía electromagnética controlada por una inteligencia. Así es como se manifiesta el fenómeno: “Se nos hace visible de tanto en tanto manipulando patrones de frecuencia. Puede tomar cualquier forma que desee, desde la de avión a la de una nave espacial cilíndrica gigante. Se puede manifestar en aparentes entidades vivas, desde pequeños hombrecillos verdes a extraños gigantes de un ojo. Pero ninguna de estas configuraciones es su verdadera forma” (1996, p. 45). Estos OVNIs electromagnéticos se presentarían en formas que podrían ser fácilmente aceptadas y explicadas: como dirigibles en 1896, como aviones fantasmas en 1909 o como cohetes en 1946. De ahí que Keel defina al fenómeno como un “caballo de Troya”. Nada se dice en el libro sobre el plan de esa inteligencia con respecto a la humanidad, aunque el tono es siempre más el de una amenaza que el de una revelación. Esa visión oscura de Keel no haría sino acrecentarse con sus siguientes trabajos, que tendrían cada vez menos influencia en el entorno ufológico. Pero la visión de un fenómeno siniestro ha permeado toda una concepción de los ovnis desde entonces.
Otros ropajes: paraufología e “hipótesis extraterrestre de segundo grado”
Otros autores vinieron a ponerle nuevos ropajes al mismo muñeco. Jerome Clark y Loren Coleman dieron origen al término “paraufología” en un libro muy influyente en su época, 

The Unidentified18, que vinculaba al OVNI con el mundo de lo paranormal, pero que
17 Putman’s Sons, 1970. Illuminet Press, Georgia, 1996.
18 Warner, 1975.


10
en el fondo consistía en hacer digerible a Jung para la masa ufológica no introducida en el simbolismo psicoanalítico. Según estos autores, las experiencias OVNI son producto de estados alterados de la mente, y su contenido es eminentemente simbólico. Ante la percepción de un estímulo no identificado, un descenso en el umbral de conciencia desencadena una experiencia en la que el ego es temporalmente abrumado por el contenido del inconsciente colectivo. ¿Y las huellas físicas informadas en casos OVNI? Serían subproductos generados psicoquinéticamente de aquellos procesos inconscientes. Los OVNIs son, para Clark y Coleman, el intento de la psique por escapar de las limitaciones que un estricto racionalismo ha impuesto a la realidad, pues la sobrevaloración de la tecnología y del racionalismo ha llevado a una pérdida del equilibrio entre lo espiritual y lo material en beneficio de esto último.
En otra modalidad de alambicado razonamiento, Bertrand Méheust hacía del platillo volante un fenómeno híbrido “mítico-físico”. En su libro Science fiction et soucoupes volantes19 se presenta al ovni como una especie de sueño objetivándose ante nuestros ojos e interaccionando con el ambiente, una alucinación concretizada a nivel planetario. Pero mientras que el autor se declaraba enemigo de la hipótesis extraterrestre más ingenua, o “de primer grado”, dejaba abierta la posibilidad a que unos seres se manifiesten ante nosotros por medio de nuestras estructuras mentales, lo que Méheust definía como “hipótesis extraterrestre de segundo grado” (p. 306). Así es que lo que parecía una interpretación cultural del tema ovni en su comparación con la literatura fantástica se quedaba al final en una ufología que defendía a toda costa su esencia.


Reacción escéptica

 
Mientras los ufólogos intentaban demostrar la existencia de un fenómeno real, unos pocos científicos escépticos habían luchado durante años por rebatir las creencias sobre visitantes extraterrestres, aunque con éxito limitado. Desde su primer libro en 195320, el astrónomo Donald Menzel, director del Observatorio de la Universidad de Harvard, había pretendido explicar los platillos volantes como fenómenos naturales, por lo que era la bestia negra para los ufólogos, un papel que años después representaría gustoso Philip Klass.
Si ha habido un estudio científico sobre los ovnis que haya conseguido los mismos titulares de prensa que los de los promotores del misterio, ese fue el Informe Condon21, conocido así por el nombre del director del proyecto de investigación que las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos contrataron con la Universidad de Colorado. La conclusión negativa del estudio cayó como un jarro de agua fría sobre los creyentes, y se ha dicho que fue la causa de que los ovnis desaparecieran durante algún tiempo de las páginas de la prensa. En ese extenso documento se recogían, entre otras cosas, interpretaciones de las observaciones ovni desde el punto de vista de los errores de la percepción humana, algo que los ufólogos nunca antes habían tenido en cuenta y que raramente tuvieron en cuenta después. En el Informe Condon se desmontaban buena parte de las pruebas sobre las que se pretendía construir una nueva ciencia heterodoxa, pero lo que hizo el mundo ufológico norteamericano fue poner su mejor artillería a combatir los criterios científicos del estudio más que a combatir la mala investigación que se hacía desde su propio campo. Lejos de


19 Mercure de France, Mayenne, 1978.
20 Flying Saucers, Harvard University Press, Cambridge, 1953.
21Daniel S. Gillmor (compilador). Scientific Study of Unidentified Flying Objects, Bantam Books, New York, 1969. En Internet: http://www.ncas.org/condon/


11

desmovilizar a los ufólogos de la época, Condon creó una generación dispuesta a luchar contra la “ciencia oficial” y el “secreto gubernamental”.
Esa generación de investigadores de los años setenta se organizaba, pues, en un movimiento ufológico encerrado en sus propias terminologías y publicaciones, en el que no incidían los pocos debates científicos emprendidos por entonces con la mejor intención de acercamiento de posturas entre creyentes y escépticos, como fue el Simposio de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, que en 1969 organizaron Carl Sagan y Thornton Page22. Hasta 1977 la ufología continuó siendo un campo homogéneo que manejaba la HET como único elemento conceptual, y los escépticos estaban en el mundo exterior, eran “detractores” del fenómeno que no habían investigado casos ovni directamente sobre el terreno, lo que les excluía de cualquier cualificación para opinar. Hasta que el ufólogo Monnerie se preguntó “¿y si los ovnis no existieran?”.
Cuando en 1977 apareció su libro Et si les OVNIS n’existaient pas?23, fue muy mal recibido por la ufología francesa, porque lo que sostenía Monnerie ya lo habían dicho los “negativistas” de siempre: que todas las observaciones OVNI tienen explicaciones lógicas como confusiones con fenómenos astronómicos u objetos convencionales como aviones, satélites, etc. Para explicar cómo un avión o la Luna pueden ser confundidos con un platillo volante, Monnerie acudió a un principio de su invención que llamó “sueño despierto”, un estado “provocado por la imposibilidad de identificar un objeto que se convierte en el factor catalizador de una explicación no lógica pero aceptable en el cuadro del mito colectivo” (p. 101); es decir, un proceso en el que la confusión puede conducir a un trance hipnótico y a una visión o una experiencia OVNI en el cuadro de un “mito autorizado” como es el de las visitas extraterrestres, proporcionado por las imágenes de la cultura popular. Aunque algo así lo hubieran dicho otros, a este autor no se le podía achacar el desconocimiento del “dossier”, porque era un ufólogo con larga experiencia en investigación de campo. Así es que este libro y otro que publicó dos años después24 dieron inicio a un debate en la ufología francesa, y por extensión en la europea, que pondría la disciplina patas arriba y acabaría con la mayoría de sus participantes en el bando escéptico. Fue el principio de lo que se llamaría “hipótesis psicosociológica” (HPS).
A diferencia de Francia, la ufología en Estados Unidos estaba encuadrada en grandes centros ufológicos desde los que se marcaba -y aún se sigue marcando empecinadamente- la ortodoxia del platillo con sus marcianos dentro. Desde uno de los dos centros más importantes, el Center for UFO Studies (CUFOS), Allan Hendry emprendió un trabajo de análisis de la casuística para discernir entre casos OVNI y casos satisfactoriamente identificados. El resultado final, The UFO Handbook25, no fue el que esperaban los creyentes, pues sería alabado hasta por los mismos escépticos como un trabajo riguroso. Mientras que los ufólogos de la época se libraban de los casos identificados como de una molesta escoria que acompañaba a los casos genuinamente OVNI, o sea, “positivos”, Hendry puso su atención en la totalidad de la casuística, construyendo una categoría de objetos volantes identificados (OVI) como grupo de control. Hendry cuenta en el libro cómo partió de una actitud positiva hacia la idea de encontrar un fenómeno anómalo y se quedó frustrado en su búsqueda: “Me aseguraron una vez que en una mezcla de casos OVI y OVNI, las características OVNI 'sobresaldrían' del 'ruido' OVI. Esto sería verdad si no fuera por el hecho de que los casos OVI no exhiben características aleatorias en


22 UFO’s: A Scientific Debate. Cornell University Press, Ithaca, 1972.
23 Les Humanoides Associés, París, 1977.
24Le naufrage des extraterrestres. Nouvelles Editions Rationalistes, París, 1979.
25 Doubleday and Co., Nueva York, 1979.


12

comparación con los informes OVNI” (p. 245). Comprobando la pobreza de la información contenida en los informes de casuística del CUFOS, Hendry previno así al investigador contra el uso indiscriminado de la estadística: “Apenas se ha hecho ningún esfuerzo estadístico en el fenómeno OVNI que no sea problemático en su construcción o interpretación” (p. 268). En sus conclusiones afirma: “Después de haber examinado 1.300 informes OVNI de primera mano caso por caso, no estoy más cerca de la naturaleza de este complejo asunto que cuando empecé (…); aún no puedo hacer una distinción clara entre un fenómeno físico “real” y una compleja falsa percepción, un suceso ECIII (encuentro cercano del tercer tipo, o con seres) “real” y una fantasía sofisticada, un caso de huellas físicas “real” y una falsa asociación de un OVI y un artefacto sin ninguna relación” (p. 283). Y entonces empezó el análisis del testigo.
El factor testigo, o el fin de la inmaculada percepción. Interpretaciones de los ovnis desde la psicología cognitiva
Los ufólogos habían considerado los casos ovni como si las observaciones hubieran sido registradas científicamente en un laboratorio, sin pararse a pensar que la información con la que trataban estaba basada en testimonios de personas que habían observado un fenómeno ambiguo, y a veces en un estado emocional alterado. Habían tomado al pie de la letra las informaciones de los testigos y las habían interpretado a su gusto, sin reparar en que la observación es falible e imprecisa, viene cargada de una interpretación de acuerdo a creencias y conceptos previos, y que puede estar motivada por determinados intereses. Cuando los investigadores más críticos se plantearon preguntas al respecto, se generó una corriente psicosociológica que cada vez era menos ufología para adentrarse simplemente en las ciencias humanas.
Desde el punto de vista cognitivo y de la percepción, se ha explicado el OVNI como un error perceptivo normal. Esto quiere decir que no es necesario recurrir a teorías de tipo psicopatológico para dar cuenta de él. Una de las primeras aportaciones en este sentido fue la del italiano Paolo Toselli26, quien interpretó los procesos conscientes e inconscientes que llevan al testigo a otorgar a una observación OVI (objeto volador identificado) las características del “modelo OVNI”, en una “transposición”, o desplazamiento de significado que ocurre “bajo la influencia del folklore y el mito que rodea todo el asunto OVNI”. Esto quiere decir que no es sólo la falsa interpretación de un estímulo, sino una auténtica “proyección” de los conocimientos conscientes o inconscientes del testigo sobre el objeto observado, transformándolo a través de una “elaboración proyectiva”. En todo esto juega un papel muy importante, según Toselli, el esquema mental del testigo, ya que “el OVNI se ha convertido en parte de una mitología tecnológica adaptada a satisfacer las necesidades culturales, técnicas, científicas y a menudo religiosas de nuestra sociedad”.
Al mismo tiempo, y al margen del mundo ufológico, se han ido elaborando en las dos últimas décadas estudios universitarios de nivel de doctorado que han aportado un conocimiento más amplio sobre los factores psicológicos y cognitivos que inciden en el tema de los ovnis. Uno de los más cualificados es la tesis doctoral en psicología de la percepción del francés Manuel Jiménez27, en la que defiende que “un testimonio de OVNI es, en la mayor parte de los casos, el resultado de un proceso de falsa interpretación


26 “Examining the IFO Cases: The Human Factor”. Proceedings of the International UPIAR Colloquium on Human Sciences and UFO Phenomena. Proceedings. Salzburg, 26-29 julio 1982. UPIAR Monograph, 1982.
27Temoignage d’OVNI et psychologie de la perception. Tesis doctoral. Departamento de Psicología. Université Paul Valery-Montpellier III, 1994.


13

perceptiva de un suceso conocido” (p. 4), que se suele producir de noche y en entornos aislados, coincidiendo las características de la observación con estímulos vagos y evanescentes, todo ello “compatible con los esquemas de OVNI”. El testimonio OVNI no es, según Jiménez, ni una ficción ni un rumor, sino un hecho observable, aunque tiene al mismo tiempo una naturaleza social, ya que las opiniones y actitudes de un individuo son modificadas por el conocimiento de las opiniones y actitudes de otros, lo que desde la psicología social se conoce como la “influencia social” en el testimonio. En la etapa cognitiva de la percepción, el testigo busca identificar el estímulo de acuerdo con un esquema cognitivo previo de lo que es un OVNI, y que ha sido proporcionado por los medios de comunicación y por la ciencia-ficción. “Los testigos disponen generalmente de esquemas cognitivos de un OVNI, que comporta características objetivables cualitativas, espaciales y contextuales” (p. 202). Cuando un testigo utiliza la denominación OVNI para su observación, ello denota un esquema de creencia previo en este fenómeno y un interés por este tema. Se da así el encuentro entre datos sensoriales débiles y un esquema cognitivo coherente con los datos para construir una representación nueva del objeto no identificado.
Con este mismo énfasis en la normalidad psicológica es como Hilary Evans ha promovido el estudio de los fenómenos anómalos desde el punto de vista de que están basados en estados alterados de consciencia, o, como él prefiere llamarlos, “estados alternos de consciencia” (EAC), término que vendría a conferirles un mayor grado de normalidad28. Según Evans, durante un EAC el individuo pierde su capacidad normal de distinguir entre lo real y lo que no lo es, y se vuelve sugestionable por cosas que en otro momento rechazaría. Así sucede en una visión OVNI, que al sujeto le parece real y mantiene esa convicción después de la experiencia. De lo que se trataría es de “una combinación de procesos psicológicos e influencias culturales que intervienen entre la percepción y la identificación”29.
En un encuentro entre una perspectiva cognitiva y la de la psicopatología, se ha estudiado el efecto de las creencias previas y del rasgo de la personalidad propensa a la fantasía en los sujetos que informan de experiencias ovni. Nicholas Spanos y su equipo30 llevaron a cabo un estudio con individuos que habían tenido distintas experiencias de este tipo, y no encontraron en ellos síntomas de psicopatología, pero sí una generalizada creencia en la vida extraterrestre. Entre los que habían tenido experiencias ovni más complejas aparecía un amplio rango de creencias exóticas y una alta propensión a la fantasía, así es que los investigadores concluyen que “las creencias en visitantes extraterrestres y platillos volantes sirven como plantilla con la que la gente moldea informaciones externas ambiguas, sensaciones físicas difusas e imágenes vívidas convirtiéndolas en encuentros con extraterrestres que se experimentan como sucesos reales”.
Rasgos psicopatológicos en el fenómeno de las abducciones
En los distintos tests psicológicos que se han llevado a cabo con testigos de ovnis han surgido una serie de rasgos a veces contradictorios, pero que vienen en general a confirmar que las personas que afirman haber visto ovnis no sufren de trastornos de la personalidad, aunque en ellos es muy frecuente un alto grado de creencia en extraterrestres. Sin embargo,


28 Alternate States of Conciousness. Aquarian Press, Wellingborough, 1989.
29 Hilary Evans. “Aspectos psicológicos de la ufología”. Cuadernos de Ufología, 2ª época nº 7, 1990.
30Nicholas Spanos, Patricia Cross, Kirby Dickson y Susan DuBreuil. “Close Encounters: An Examination of UFO Experiences”. Journal of Abnormal Psychology, nº 102, 1993.


14

cuando esos análisis se extienden a los sujetos que relatan experiencias ovni más elaboradas, como haber sido secuestrados en el interior de un platillo o haber tenido contactos con seres de otros mundos, resulta que la mayoría de esas experiencias habían tenido lugar de noche, y acompañadas de aspectos anómalos tales como perturbaciones del sueño con terrores nocturnos, experiencias extracorporales y alucinaciones del tipo de visiones hipnagógicas o hipnopómpicas (que se producen al dormir o al despertar). Como vemos, muchas de estas experiencias están asociadas con el sueño, por lo que un estudio del equipo de Spanos31 con estos sujetos concluyó que las experiencias fueron simplemente sueños. Por su parte, Susan Blackmore32 ha interpretado los raptos nocturnos por extraterrestres como asociados al fenómeno de la parálisis del sueño.
Desde que, a principios de los sesenta, el matrimonio norteamericano Barney y Betty Hill relatara bajo hipnosis haber sido secuestrados por seres de otros mundos en el interior de un platillo volante33, las llamadas abducciones se han constituido en uno de los rasgos más llamativos de la cultura popular ufológica. La frecuente presencia en los abducidos de síntomas anormales, como alteraciones del sueño, ansiedad o depresiones, ha servido para que los defensores de la realidad del fenómeno hayan afirmado que el secuestro sucedió tal como lo han relatado los sujetos. De esa manera, los síntomas serían los típicos del trastorno de estrés postraumático (TEPT), lo que le conferiría al relato mayores visos de verosimilitud. La polémica sobre la calificación de esas alteraciones ha sido larga, pero es innegable que el TEPT puede surgir no solo de traumas reales, sino también de experiencias cotidianas, por lo que no parece necesario en absoluto pensar que haya habido un secuestro físicamente real en el interior de una nave de otro mundo.
Por otra parte, la validez de la hipnosis como herramienta para extraer recuerdos ocultos ha sido ampliamente cuestionada por los especialistas en las últimas décadas, en el sentido de que el relato consiguiente no sería más que una confabulación, o recuerdo inventado por el paciente de acuerdo a las expectativas del propio individuo y las generadas por el terapeuta y por el entorno social34. Es decir, que son los pacientes los que aprenden a construirse una identidad “como si” hubieran sido secuestrados por ovnis35.


Factores sociales y culturales


Como hemos visto, el esquema mental del testigo incide en cómo se interpreta un acontecimiento externo. Hablamos de un caso individual. ¿Pero qué sucede cuando se produce un avistamiento por testigos múltiples que describen el mismo objeto? En las observaciones colectivas habría que explicar desde la psicología social cómo se conforma la opinión del grupo para describir un hecho común. Según Bartholomew y Howard36, en la percepción de estímulos ambiguos en el sujeto se genera la necesidad de definir la situación “dependiendo menos de su propio juicio sobre la validación de la realidad que del juicio de


31Nicholas Spanos, Cheryl Burgess y Melissa Burgess. “Past-Life Identities, UFO Abductions, and Satanic Ritual Abuse: The Social Construction of Memories”. The International Journal of Clinical and Experimental Hypnosis vol. XLII, nº 4, octubre 1994.
32Susan Blackmore. “Abduction by Aliens or Sleep Paralysis?”. Skeptical Inquirer vol. 22, nº 3, mayo/junio 1998.
33John Fuller. The Interrupted Journey: Two Lost Hours “Aboard a Flying Saucer”. Dial Press, Nueva York, 1966. Edición española: El viaje interrumpido. Plaza y Janés, Barcelona, 1977.
34 Robert Baker. Hidden Memories: Voices and Visions from Within. Prometheus Books, Nueva York, 1996.
35 Nicholas Spanos. Multiple Identities and False Memories: A Sociocognitive Perspective. American Psychological Association, Washington, 1996.
36 Robert Bartholomew y George Howard (1998). UFOs and Alien Contact. Two Centuries of Mystery. Prometheus Books, New York, 1998.

los otros” (p. 58). Es decir, que la descripción se conforma a la opinión del grupo. Estos autores han calificado las oleadas de observaciones ovni como una ilusión colectiva, o ilusión de masas, que se caracteriza por ocurrir de forma espontánea. Se han manejado también otros términos, en un intento de explicar el fenómeno de la observación por numerosos testigos a través de etiquetas como contagio histérico, delirio colectivo o pánico social. Pero eso solo no explica los procesos sociales puestos en marcha.
En el caso de la acumulación de casos ovni en un corto lapso de tiempo, que se ha dado en llamar oleada, se ha discutido sobre las razones de tipo psicológico, político, económico o social que puedan estar en el origen de ese fenómeno, intentando hallar la gran respuesta para todas las oleadas históricamente conocidas. Una de esas grandes teorías intenta explicarlas desde el supuesto de que coinciden con momentos de crisis social; otra asocia las oleadas a los vaivenes de la política norteamericana y a la guerra fría; y otra las ve como la respuesta mágica a una supuesta crisis de valores. En unos casos, en fin, se trata de elaboraciones etnocéntricas desde las anteojeras del centro del imperio, que desconoce lo que sucede más allá de Río Grande, y en otros, tópicos manidos con poca base. El hecho es que nadie ha dado hasta ahora con una explicación que abarque por completo el fenómeno social de las oleadas de ovnis. Tal vez sea porque esa explicación única y totalizadora simplemente no existe. De lo que se trata, pienso, es de analizar en cada caso las formas en las que se produce la información de cada caso ovni y qué mecanismos y motivaciones se ponen en juego en su difusión. Habría que pensar, por tanto, en un complejo multicausal, en el que diversos actores y factores intervienen para que un determinado tema se convierta de repente en un problema social que atrae la atención del público. Los actores los conocemos: son los ufólogos, periodistas y divulgadores haciéndose oír a través del eco que les proporcionan los medios de comunicación y los modernos sistemas de difusión; los factores son más difíciles de identificar, así como precisar su influencia exacta.
En los años sesenta el factor principal para que los platillos volantes se convirtieran en un fenómeno popular fue la carrera espacial y la expectativa por la conquista del cosmos, que nos volvía como una imagen especular en forma de visitantes del espacio exterior. Otros factores que intervinieron para generar el interés en los ovnis y las oleadas de avistamientos fueron el despertar de las paraciencias y del pensamiento mágico y la pasión por la ciencia ficción, además, por supuesto, de alguna película de éxito, como fue en su época Encuentros en la tercera fase. En todos los casos, ese proceso de conversión del tema ovni en un problema de interés social se desarrolló mediante un proceso en el que jugaron un papel fundamental los medios de comunicación de masas, como pudo ver Herbert Strentz en la primera tesis doctoral que se realizó sobre la información de prensa sobre los platillos volantes37. Son los medios de comunicación los que convierten un testimonio ovni en un reportaje espectacular que excita la imaginación popular, que motiva a otras personas que han tenido experiencias similares a informar a su vez a los periodistas, generando una espiral informativa que es lo que hemos dado en llamar “oleada” de ovnis, y que no es más que la respuesta a una demanda de información creciente.
Los extraterrestres, un mito de nuestro tiempo
Desde el estallido del fenómeno de los platillos volantes en 1947, numerosos intelectuales se sintieron intrigados por las implicaciones de todo orden que creían ver en el


37 A Survey of Press Coverage of Unidentified Flying Objects, 1947-1966. Tesis doctoral en periodismo. Northwestern University. Evanston, Illinois, 1970.


16
asunto, como si, más que artefactos tecnológicos, los platillos consistieran en señales de transformación de nuestra cultura. Los psiquiatras recurrieron al catálogo de patologías sociales, y los sociólogos quisieron ver en ello una expresión de la ideología dominante. Por poner un ejemplo, en 1957 el semiólogo Roland Barthes interpretó a los platillos volantes en su célebre ensayo Mitologías38 como el resultado de un “antropomorfismo estrecho”, pues en la idea de los marcianos veía reflejada la impotencia para imaginar lo otro. Lo que se producía, desde su punto de vista, era un desplazamiento mítico de la disputa Unión Soviética-Estados Unidos hacia una mirada celeste. Ya vimos antes cómo por la misma época el psicólogo Jung llegaba a una teoría semejante.
Los clérigos y teólogos buscaron encajar la presencia de los visitantes de otros mundos en el esquema de la Creación, mientras que los sociólogos y antropólogos han contemplado el tema de los platillos volantes como una creencia religiosa y un mito. El filósofo español Gustavo Bueno interpretó la aparición de la imagen del extraterrestre como la refluencia de los démones en momentos en que se cuartea el antropocentrismo cristiano39. Para Jean-Bruno Renard40, la creencia en extraterrestres es la respuesta materialista a la angustia que nace ante la soledad del ateísmo con motivo del paso a una concepción racionalista y científica del universo. Para Renard, esta dimensión religiosa de la creencia en extraterrestres es bien evidente en los grupos de culto ovni, en los que se encuentran rasgos mesiánicos y milenaristas. Michel Meurger41 se ha interesado por el contexto cultural en que el fenómeno se produce, pues en la figura del platillo volante “…confluyen las utopías aeronáutica y astronáutica largamente maduradas en la cultura americana” (p. 7), ya que en la visión contemporánea del mundo ocupan un lugar preponderante la ciencia y la técnica. “Máquina volante omnipotente, visitantes del espacio exterior, comunicaciones interplanetarias y amenaza aérea, todas estas ideas encuentran su lugar en el conjunto de significaciones ligadas por el término 'platillos volantes'” (p. 13)


Epílogo


Estos han sido algunos de los momentos destacados en la evolución de la idea del ovni, que nació en la mente popular como un invento secreto de las grandes potencias para convertirse enseguida en el prototipo de la tecnología imaginada de otras civilizaciones más avanzadas del cosmos; y de ahí a su desmitificación como el sueño de una generación movida por el anhelo de conquista y expansión universal. La perspectiva de más de medio siglo de existencia del fenómeno social de los ovnis nos ha permitido situarlo como lo que de verdad representa en el marco de los valores contemporáneos, es decir, como una materialización del ideal de la evolución intelectual y moral, del desarrollo tecnológico y material y del dominio sobre la naturaleza. Es así que vemos en los ovnis la materialización de un mito moderno que resume y explica nuestra visión del mundo desde la perspectiva de la cultura del progreso.
Los ufólogos, ahora lo vemos, han representado el papel de los escritores de libros de caballerías, de los viajeros que encontraban a los monstruos y a los antípodas, de los escolásticos que creaban jerarquías celestiales, de los cazadores de brujas y de los ilustrados que imaginaban otros mundos habitados. Siempre en esos otros mundos, fueran distantes en el espacio o en lo sobrenatural, se ha reflejado al otro como si estuviéramos


38 Mitologías. Siglo XXI, Madrid, 1983.
39 El animal divino. Pentalfa Ediciones, Oviedo, 1985.
40 Les extraterrestres. Une nouvelle croyance religieuse? Cerf/Fides, 1988.
41Alien Abduction. L’enlèvement extraterrestre de la fiction àla croyance. Scientifictions nº 1, vol. 1, 1995.


17
mirando en un espejo deformado a nuestro propio ser y nos espantáramos ante la magnificación de nuestros delirios de grandeza.
Mientras nuestra civilización siga mirando al cosmos como una frontera por conquistar, seguiremos poblando los astros con los monstruos y los dioses de nuestra imaginación, y ellos vendrán en sus naves de acuerdo a nuestro concepto de la más avanzada tecnología. Pero esos extraterrestres ya no nos pillan tan ingenuos. Quien haya recorrido el círculo completo de esta historia habrá reconocido en la imagen de esos extraterrestres nuestros propios modos de pensar y no los de una supuesta inteligencia exterior. Algunos desencantados de los ovnis se han sentido defraudados ante un universo despoblado de seres superiores que nos acompañen. Sin embargo, existan o no esos seres, hay que reconocer que el mito de los extraterrestres y sus naves, la creatividad humana, en suma, no desmerece en nada a la fascinación que un día sentimos pensando que nos visitaban desde el espacio exterior.


Bibliografía adicional


Para los interesados en ampliar su información sobre esta historia de la hipótesis extraterrestre y sus contrapropuestas, se proporciona a continuación una bibliografía actualmente accesible donde se recogen distintos enfoques de la historia del tema ovni, o bien análisis generales de los aspectos aquí tratados:
Bartholomew, Robert y Howard, George (1998). UFOs and Alien Contact. Two Centuries of Mystery. New York: Prometheus Books.
Cabria, Ignacio (1993). Entre ufólogos, creyentes y contactados. Una historia social de los ovnis en España. Santander: Cuadernos de Ufología.
_____ (2003). Ovnis y ciencias humanas. Santander: Fundación Anomalía.
Devereux, Paul y Brookesmith, Peter (1997). UFOs and Ufology: The First 50 Years. Londres: Blanford.
Evans, Hilary y Spencer, John (compiladores) (1997). UFOs 1947-1997. From Arnold to the Abductees: Fifty Years of Flying Saucers. Londres: Fortean Times.
Fundación Anomalía (1997). Diccionario temático de ufología. Santander.
Lewis, James R. (compilador) (1995). The Gods Have Landed. New Religions from Other Worlds. Nueva York: State University of New York Press.
Peebles, Curtis (1994/1995). Watch the Skies: A Chronicle of the Flying Saucer Myth. New York: Smithsonian Institution Press, Washintong, 1994, y New York: Berkley Book.
Pinvidic, Thierry (compilador) (1993). OVNI. Vers une anthropologie d’un mythe contemporaine. París: Editions Heimdal.

 

Nota: el material transcripto --respetando las divisiones de página y las notas al pie-- corresponde a un capítulo del libro coordinado por Ricardo Campo en el año 2008 "Vida en el universo: del mito a la ciencia". La excelencia de los conceptos manejados lo hace perfectamente vigente en la actualidad. 

Milton W. Hourcade

0 comments: